Fernando Dworak

Análisis Político

Tratémonos como adultos

Posted on Abr 22, 2020 in articulos

Tratémonos como adultos

Publicado en Indicador Político el 22 de abril de 2020

Un atajo para no pensar lo público es creer que somos un país excepcional, sea para bien o para mal. Esa actitud, llamémosla chauvinismo, nacionalismo o fatalismo, lleva a creer que merecemos un determinado estado de las cosas tan sólo porque es, bajo otros estándares, anormal o indeseable. A fin y al cabo, se argumenta, es lo que nos toca, o por ello deberíamos pensar en algo que sea “nuestro”.

Entre las telarañas mentales que nos tejemos, está el creer que alguien nos salvará por su virtud o inteligencia. Así nos gobernó el PRI, por ejemplo. López Obrador manejó ese discurso a lo largo de casi 30 años y sigue insistiendo en ello. Todavía hay quienes siguen quimeras como creer que un líder político debe tener atributos que significan todo o nada como “integridad” o “valores”, o incluso buscan la alternativa en líderes obsoletos o “disruptivos”.

Sin embargo, el verdadero reto no es cambiar nuestra cultura, sea lo que signifique, o esperar a que surja el líder indicado para ungirlo y depositarle toda nuestra confianza. Lejos de ello, es indispensable volver a lo que debió ser lo fundamental desde hace décadas: nuestra propia responsabilidad. Es imposible que tengamos algún día una democracia sólida si no nos tratamos como adultos. Van dos ideas para replantear actitudes y acciones.

En primer lugar, habrá masas ignorantes en el futuro cercano. No me refiero necesariamente a condiciones de pobreza o incluso de grado académico. Los asuntos públicos son complejos y por lo general nada es lineal. Los problemas visibles tienen causas múltiples y ningún político hablará en serio sobre ellos si eso le significa perder poder o márgenes de discrecionalidad. Es más fácil vender soluciones mágicas o falsas si son emocionantes que verdades incómodas o complejas, por lo que la demagogia es un peligro constante.

Una educación universitaria forma en un oficio o disciplina, lo cual podría hacer que una persona pueda, si tiene interés, hablar sobre lo que deciden los órganos de poder en su área de especialización. Pero al no haber verdades absolutas en temas públicos, creer que la agenda es simple puede abrir paso a la manipulación. En este juego todos somos embaucables. Añadan, ahora sí, problemas económicos y de educación para amplios sectores. Por otra parte, leer mucho sobre un autor o corriente suele llevar al adoctrinamiento en vez del conocimiento.

¿Qué hacer? Hay dos soluciones. La primera, propia del autoritarismo, es liberar a la gente de su responsabilidad, creyendo que hay personas más capaces para tomar las decisiones públicas. Más temprano que tarde esta pretensión termina en élites anquilosadas e irresponsables que acaban decidiendo a favor de estratos privilegiados. La segunda es azarosa y siempre está propensa a recaídas autoritarias, pero ha demostrado ser mejor: ampliar libertades del individuo, haciéndolo responsable de sus decisiones. Esto implica no solo formación en valores democráticos como tolerancia y libre intercambio de ideas, sino formar al ciudadano en habilidades como el debate, además de permitir el contraste de posiciones.

Va la segunda idea: de la misma forma que un grado académico no significa educación política, también es cierto que una especialización no es sinónimo de habilidad política. Todavía más: ningún sistema electoral puede garantizar que entren las mejores personas a los cargos públicos, aun cuando tengamos idea de qué significa eso. A final de cuentas, competirán quienes ambicionan esos espacios.

En cambio, se puede trabajar en hacer más competitivas las reglas del juego, para que lleguen y permanezcan los más aptos para esas funciones. Ayuda en esto la reelección inmediata de legisladores y autoridades municipales, pues fomenta la rendición de cuentas. También habrá que poner atención en una normativa electoral que, como se ha escrito, se debe leer como una ley de protección a un oligopolio: los partidos políticos. Para decirlo de otra forma, una universidad puede garantizar que egrese un determinado número de empresarios, pero ciertas estructuras de acceso a mercado y competencia pueden ayudar a que surjan personas como Bill Gates.

¿No es hora de vigilar y exigir más a quienes nos representan? Ellos no mejorarán por generación espontánea.

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