Fernando Dworak

Análisis Político

La propaganda del palacio

Posted on May 26, 2020 in articulos

La propaganda del palacio

Contaban los viajeros europeos a Constantinopla durante la Edad Media que, conforme el Imperio Bizantino iba perdiendo territorio ante los árabes y otomanos, el emperador en turno se adornaba más ostentosamente y hacía más complejos los rituales y protocolos en su corte.

Los símbolos y rituales del poder son parte indisoluble de todo discurso de legitimidad, y éste es necesario para consolidar un régimen. Ya desde 1867 el periodista inglés Walter Bagehot hablaba de las dos caras del poder: la dignificada, como la reina y la etiqueta, y la eficiente, que era el gobierno. También el sociólogo alemán Max Weber hablaba a principios del siglo XX de las caras legal y legítima de la dominación. Cada gobierno define tanto sus reglas como sus discursos. Incluso para los gobiernos populistas el presentarse como “pueblo” mientras desacreditan los viejos símbolos es un discurso de poder en sí mismo.

Como se ha escrito en este espacio, una de las mayores fortalezas discursivas de López Obrador es su conocimiento de los símbolos y discursos del poder heredados del nacionalismo revolucionario. A lo largo de más de treinta años ha logrado mostrarse como el tipo de líder que el PRI nos enseñó a esperar por décadas: desinteresado, virtuoso y con una voluntad a toda prueba. Lo peor que se puede hacer es desestimarlo como si fuera loco o tonto: hay que entenderlo primero antes de enfrentarlo.

Es indispensable analizar sus decisiones desde esta perspectiva, especialmente las que parezcan irracionales. Por ejemplo, eligió convertir a Los Pinos en museo por representar al “viejo régimen”, por más inconveniente que haya sido la decisión desde el punto de vista económico o administrativo. De esa misma forma, se mudó a Palacio Nacional por su carga simbólica como centro del poder, aun cuando, según cálculos, haya sido una decisión más cara. Atacar al gobierno sin entender su discurso y semiótica es afianzarlo, especialmente ante sus seguidores.

Los videos que ha grabado el presidente en locaciones de Palacio Nacional son muestra de su dominio de los símbolos. Van dos ejemplos para ilustrar el argumento:

El 16 de mayo grabó desde la tribuna del recinto parlamentario, que fue sede de la Cámara de Diputados hasta finales del siglo XIX. El motivo: hablar sobre su ensayo acerca de un nuevo modelo de desarrollo, el cual fue retirado horas después de sus redes por errores de interpretación de gráficas. Pero la imagen es eficaz: él es el principal legislador del país, quien habla ante una sala plenaria.

De la misma forma, el domingo 23 habló con un enorme escudo nacional en pierda de fondo, flanqueado por dos banderas nacionales para hablar, entre otras cosas, sobre la forma que la pandemia irrumpió en sus planes. No importa que semanas atrás haya dicho que la crisis le venía “como anillo al dedo”: los símbolos de poder pueden ser un recurso importante para dignificar su imagen ante una contrariedad.

La pregunta de fondo es: ¿cuál será su uso de símbolos ante la que llama “nueva normalidad”? ¿Seguirá siendo el mismo que antes de la pandemia o tenderá a ser más solemne?

Si la situación económica se agrava, su discurso puede radicalizarse, e incluso inclinarse más hacia sus vertientes teleológicas: él representa la cuarta transformación, la cual debe cumplirse pase lo que pase porque el futuro será inevitablemente mejor. Los símbolos podrían hacerse más presentes en tomas para medios, propaganda escrita y expresiones artísticas. López Obrador ha sido experto en ello desde su toma de protesta como “presidente legítimo” en 2006, con un águila decimonónica en dorado y fondo negro, por ejemplo.

Sobre todo, si un campo de batalla importante en esta lucha son los símbolos y las emociones, ¿qué están haciendo por quienes se ostentan como “oposición”? Una omisión grave de los 30 años de “neoliberalismo” fue la ausencia de una visión clara de quiénes somos, qué nos une, de dónde venimos y hacia dónde vamos, de tal forma que ganó por defalult el discurso más atávico. En ese sentido, reaccionar es la peor estrategia para sobrevivir.

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