Fernando Dworak

Análisis Político

La ilusión por hacer que López Obrador renuncie

Posted on Feb 18, 2020 in articulos

La ilusión por hacer que López Obrador renuncie

Publicado en Indicador Político el 18 de febrero de 2020

Aunque esta semana fue negativa para López Orador en cuanto a manejo de medios y discurso, sigo creyendo que es el mejor comunicador político activo en México. No estoy diciendo que sea técnicamente brillante o esté capacitado para gobernar, lo cual ameritaría discusiones distintas. Sólo afirmo que todos giran en torno a su figura, de tal forma que tiene la atención hasta de quienes lo califican como tonto.

Lo último es importante: hasta el menosprecio en este caso es una forma de poner atención a alguien. Sin embargo, al atacar y despreciar, se reafirma la fe de quienes lo apoyan ciegamente, lo cual termina afianzándolo. Debimos haber tenido claro lo anterior desde la campaña de 2018, cuando ganó precisamente por esa polarización.

Al poner tanta atención a una persona, la oposición ha sido incapaz de tejer un discurso propio, cuando en estos momentos se trata de conquistar la imaginación de quienes no están a favor del presidente como de quienes son neutrales. En su racionalismo, quienes creen que López Obrador es un tonto sólo viven buscando señales en su idioma y lenguaje corporal que reafirmen sus creencias, reduciéndolos a la reacción visceral.

Los elementos que marcan la genialidad de López Obrador como comunicador giran en torno a un lenguaje aparentemente coloquial y espontáneo, una imagen labrada por décadas de autenticidad y el conocimiento de símbolos y discursos que venimos arrastrando por décadas. Son elementos simples y fáciles, pero que le han permitido segmentar al país en dos grandes grupos: quienes lo aman y quienes lo detestan.

Para superarlo hay que entender cómo funciona y quizás hasta admirar la simpleza de su dominio. Mientras su público lo percibe como uno de ellos, sus detractores se burlan de sus expresiones y rituales, logrando incorporarlas a nuestro lenguaje cotidiano y haciendo que pensemos como él. Verlo con odio o menosprecio sólo lo fortalece. O como dijo Jesús Reyes Heroles, quien resiste apoya.

¿Qué se puede hacer? La construcción de una alternativa implica reposicionar un nuevo discurso que fundamente una nueva noción de “nosotros”. Pero para ello hay que reconquistar la confianza – y eso difícilmente lo pueden hacer los actuales líderes políticos, quienes todavía no alcanzan a dimensionar lo que ocurrió en 2018. Pienso que el primer paso sería dejar los discursos moralizantes y adoptar una visión ética, pero más adelante hablaré de ello.

Pero supongamos que el día de hoy López Obrador desaparece. ¿Sería una buena noticia? Seguramente habría mucho júbilo y celebración, pero la experiencia histórica no es alentadora: el vacío lo llenarán aquellos grupos que se encuentren organizados para tomar el poder. Los demás, por más nobles que sean sus intenciones o amplias sus visiones de país, serán desplazados irremediablemente.

¿Exagero? Casi todas las transiciones a la democracia en el antiguo bloque soviético llevaron de regreso a regímenes autoritarios, dirigidos por ex políticos del viejo sistema. Más allá de la esperanza que abrió la “primavera árabe”, sólo Túnez acabó en una democracia. Por ejemplo, en Egipto Mubarak fue desplazado por los Hermanos Musulmanes, quienes estaban mejor organizados que los demás grupos; y al fracasar, volvió a tomar el control el ejército.

¿Qué tenemos en México? Usuarios de redes sociales que tratan de impulsar sus limitadas visiones, políticos anacrónicos, académicos y comentaristas rebasados y la total ausencia de ideas y proyectos. Si desapareciera hoy López Obrador, el vacío lo seguiría llenando Morena, pudiendo ocupar el poder grupos moderados o todavía más radicales.

Sería buena idea empezar por aquí, si en realidad deseamos no quedarnos en el bache.

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