Fernando Dworak

Análisis Político

La espiritualidad como señuelo

Posted on May 8, 2020 in articulos

La espiritualidad como señuelo

De diciembre de 2018 al día de hoy he desarrollado un sentimiento de conmiseración, casi cercano a la ternura, hacia quienes día con día, semana por semana y mes por mes viven de anunciar la inminente caída en la popularidad del presidente con cada pifia, anécdota, mentira o excentricidad que declara. En su incapacidad por entender el entorno o promover una alternativa, viven a la espera de un error grave para salir de las sombras y volver a un estado de cosas “como eran antes”. No sin razón el ejecutivo los califica como “conservadores”.

En realidad, el éxito rotundo de López Obrador es resultado de la construcción de un personaje público a lo largo de treinta años a partir de un discurso moral, el cual le ha ganado la total credibilidad de un grupo de seguidores. Uno de sus recursos es un manejo notable del lenguaje y los símbolos que entienden las masas: tanto, que terminamos hablando cómo él, mientras nos hace creer que lo que dice son ocurrencias. Como se ha mencionado repetidas veces en este espacio, domina las emociones del país, sea a favor o en contra suyo.

Por lo tanto, la simple reacción abona a su control sobre el imaginario colectivo. Si se desea superarlo, es necesario entender cómo funciona su lenguaje y, de ser posible, admirarlo. Eso no significa hacer lo que él hace, sino tener los elementos para construir una alternativa igual de atractiva a lo que ofrece. De lo contrario, las palabras que ha implantado podrían cimentar un entorno moralizante donde, al solo haber buenos y malos, todos terminaremos perdiendo.

El pasado miércoles 6 de mayo, López Obrador volvió a mostrar su maestría al introducir el término “infodemia”, además de desacreditar los métodos tradicionales para medir el desarrollo al reducirlo todo al bienestar “espiritual”. Lo primero se une a una larga lista de términos y expresiones como “frijol con gorgojo”, “cochinos, puercos y marranos” o “esto no lo tiene ni Obama”, que incorporamos a nuestro léxico cotidiano, sea de burla o broma.

Al contrario, insertar el vocablo “espiritual” abona al imaginario que ha tejido desde hace tiempo, junto con un discurso teleológico, el afán por moralizar el debate público o sus referencias religiosas. En el corto plazo, hablar de bienestar espiritual transmite confianza y paz en sus seguidores, lo cual está acompañada por certeza en el líder. De seguirse por esta vía, podrá encontrar una coartada válida para ocultar o darle un giro retórico a la crisis económica que todos ven venir.

Sin embargo, el término tiene una trampa: si lo importante es lo interior, entonces importa lo que la gente siente o qué tanto se aferra a una visión determinada de “lo espiritual”. Esto es, si hay gente en el “lado correcto de la historia” (discurso teleológico), es porque comparten esa visión colectiva. Al contrario, quienes se aferren a la vieja visión “neoliberal” deben ser “reencauzados” en los verdaderos valores. Giros retóricos como éste han llevado una y otra vez a las sociedades a pendientes resbaladizas, donde el ajeno es señalado, reeducado, marginado y, en algunos casos, eliminado.

Una vez más, da tristeza ver a quienes creen que pueden contrarrestar un discurso altamente moralizante pero emocional, con argumentos tecnocráticos, dogmáticos y, para las masas, fríos e incomprensibles. Mientras tanto, cada ocurrencia abona a la construcción de un imaginario, como sucede cuando se teje un discurso de poder y legitimación.

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