Fernando Dworak

Análisis Político

El teatro de la corrupción

Posted on Ene 22, 2020 in articulos

El teatro de la corrupción

Publicado en Indicador Político el 22 de enero de 2020

De acuerdo con un viejo chiste, se decía que una evaluación internacional había colocado a México como el segundo país más corrupto, pues había dado mordida para no aparecer en el primero. Ahora que estamos en ese mismo lugar según el Índice de Percepciones sobre la Corrupción recién dado a conocer por Transparency International, me es difícil digerir la ironía.

El índice, elaborado en 73 países y basado sobre más de 20,000 entrevistas a ciudadanos, mide las percepciones. ¿Por qué? Es imposible medir los costos reales de la corrupción, especialmente cuando las políticas de transparencia son limitadas en la mayoría de las naciones. Sobre todo, siempre será del interés de los gobiernos por mostrarse a sí mismos como honestos, aun cuando no apuesten por mecanismos de rendición de cuentas.

De acuerdo con la organización, la corrupción es el mal uso del poder político para beneficio privado. La falla en controlarla, prosiguen, está alimentando una crisis global en las democracias. El país más corrupto según el índice es Colombia, seguida por México. Dentro de los 10 primeros lugares se encuentran también Ghana, Myanmar, Guatemala, Arabia Saudita, Brasil, Kenia, Bolivia y Rusia. Naturalmente hay otros, pero en aquellos no hay condiciones para realizar una evaluación.

¿Qué pasó en México? El electorado compró en 2018 una falacia: la corrupción se barre de arriba hacia abajo, como las escaleras. Siguiendo los cánones del populismo, su prevención y combate se dejó en la voluntad de un líder que se atribuye virtudes excepcionales. Gracias a este discurso, la corrupción no es algo que se comete a partir de un mal diseño de leyes, bajos estándares de transparencia y rendición de cuentas, una cultura política que no define claramente la distinción entre lo público y lo privado u otras causas, sino por la condición de ciertas personas que o son malas por naturaleza o se pervirtieron por falta de valores.

Mientras concentra el poder, el presidente usa el discurso anticorrupción como un instrumento de simulación y, según varios, cacería de brujas. Mientras tanto, los estándares de transparencia disminuyen visiblemente.

En realidad, la corrupción no se combate, sino se previene. Es necesario contar con un marco legal que defina claramente las conductas ilícitas y las castigue, estándares de transparencia, mecanismos de rendición de cuentas y, sobre todo, una ciudadanía activa. Ningún político hablará con claridad de este caso o algún otro si hacerlo hace que pierdan márgenes de discrecionalidad.

Por desgracia, a nuestros políticos les importa más medrar de este tema que hacer algo serio. ¿Qué se hizo el sexenio pasado, por ejemplo? Aunque el equipo de transición de Enrique Peña Nieto presentó un Sistema Nacional Anticorrupción antes de iniciar su gobierno, el tema se vio congelado por las negociaciones del Pacto por México. De esa forma la Secretaría de la Función Pública fue prácticamente desarticulada y durante años sólo tuvo un encargado del despacho.

El escándalo de la “casa blanca” reavivó las negociaciones por el Sistema Nacional Anticorrupción, el cual se concretó hasta 2017. Sin embargo, Ricardo Anaya consideró que podría ganar las elecciones tomando la bandera de la corrupción, por lo que detuvo los nombramientos de los titulares de este órgano en el Congreso. El resultado: López Obrador terminó teniendo las mayorías para hacer lo que quiera en este tema.

Es triste ver hoy a la oposición reaccionando en este y otros temas, en lugar de presentar una propuesta clara. Pero para poder hacerlo de manera creíble, necesitan primero hacer una autocrítica y reconocer, junto con los logros, las fallas y omisiones de lo que habían negociado.

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