Fernando Dworak

Análisis Político

El primer House of Cards

Posted on Dic 31, 2014 in articulos

El primer House of Cards

Let’s face facts, life is a zero-sum game and politics is how we decide who wins, who loses. And whether we like it or not, we are all players.

  • Michael Dobbs

 

Aunque me encantan la política y la literatura, es difícil lograr una combinación afortunada de ambas cosas. La mayoría de los intentos terminan siendo obras proselitistas cuando no abiertamente adoctrinadoras. El riesgo de este tipo de obras: uno puede terminar creyendo en ideales en política, que el poder debe ser ejercido por personas nobles y virtuosas o que se trata de una lucha entre fuerzas del bien y el mal, donde el primero eventualmente triunfará.

 

Por ejemplo, las obras de teatro y novelas de Bertolt Brecht parecen más un manual sobre las formas en que opera el monstruo capitalista que arte. Tan es así que incluso arruinó su Opera de tres centavos al convertirla de musical a película y de ahí a novela mientras perdía su valor artístico y se iba convirtiendo en burda propaganda.

 

Hay casos donde un autor trata de transmitirnos sus filias y fobias al hablar de política a través de novelas históricas o historizadas. Recuerdo que en la preparatoria leí México Negro de Francisco Martín Moreno, a cuya primera impresión me pareció muy iluminadora en contraste con la burda historiografía oficial. Después busqué Las cicatrices del viento, y comencé a ver las posturas del individuo que hacían de su historiografía una narración maniquea. A la distancia, es un autor exitoso con un público determinado, pero lo que él escribe no es historia y pobre del que base sus ideas políticas en sus opiniones.

 

También puede uno leer a un autor con quien no tenga una afinidad política, pero cuya obra aun así se disfruta al dejar a un lado esa particularidad. En mi caso es Günter Grass: aunque no soy socialdemócrata, es un deleite personal leerlo y continuamente me vienen a la cabeza pasajes de El tambor de hojalata, El rodaballo o La ratesa, por ejemplo.

 

Habría otra forma de mezclar la política y la novela: la indirecta, basada en alegorías, metáforas o personajes que simplemente viven los acontecimientos sin juzgarlos. Es más, uno puede aprender más sobre lo público, su esencia y ejercicio por esta vía.

 

En este sentido las reflexiones sobre la naturaleza del poder que se dejan ver en las conversaciones imaginarias entre Marco Polo y Kublai Khan en Las ciudades invisibles de Italo Calvino son el mejor ejemplo. También uno puede entender mucho en la búsqueda laberíntica del agrimensor K en El castillo de Kafka. Incluso se puede entender un fenómeno político a través de fábulas como Rebelión en la granja de George Orwell.

 

Por último, está el cinismo: ver la política como un acto descarnado y amoral, de tal forma que se la puede entender no como la confrontación de la fuerzas del bien contra el mal, sino como la eterna conciliación de intereses encontrados sin recurrir a la violencia física. En tal entorno quienes ejercen el poder tienen ambiciones particulares y muchas veces los anima el deseo por el reconocimiento y el afán por dejar algún legado que les de trascendencia.

 

Tal vez esa es la gran virtud de la serie de televisión House of Cards, protagonizada por Kevin Spacey. Frank Underwood, el personaje que interpreta Spacey, es un político ambicioso y falto de escrúpulos. Sin embargo para llegar al poder no sólo ha tejido intrigas y hasta asesinado: también dejó su legado en leyes que habían estado atascadas en el Congreso. Puede que su capacidad para reformar corresponda a la ficción, pero el gran mérito de la serie es mostrar la esencia descarnada del poder.

 

Cierto, habrá personas que confundan la premisa de que el fin justifica los medios con la falacia de que los medios son un fin en sí mismo. O quienes piensen que el fin último de la supervivencia del Estado con el culto a la personalidad. Pero es más fácil detectar a esas personas en una democracia, donde hay competencia por el poder y las propias ambiciones de los opositores permiten desenmascarar al farsante.

 

Tal vez por eso la serie ha levantado tanta ámpula. La mojigatería política considera a Underwood como lo que no debería ser un político, aunque su imagen del deber ser sea más fantasiosa. En todo caso el realismo político, con su cinismo y crudeza permite apreciar mejor de qué trata el poder y cómo actuar como individuos. Esa es la gran virtud de la serie.

 

Pero hay algo que pocos saben: la serie norteamericana tiene un antecedente británico. En 1989 Michael Dobbs, entonces asesor de Margaret Thatcher, se encontraba vacionando cuando descubrió que la novela que llevaba era en su opinión una porquería. Al quejarse de ello, su pareja le dijo que por qué no hacía algo mejor en lugar de amargarle su descanso. Como Dobbs estaba resentido por una reprimenda de la Dama de Hierro, escribió una obra donde el whip (legislador cuya función es garantizar la cohesión del grupo parlamentario al que pertenece) del partido conservador obraba para deshacerse del primer ministro y colocarse en su lugar. Aunque pensó escribir la obra como desahogo, fue publicada a los pocos meses y su éxito fue tal que al año siguiente la BBC la adaptó como una serie. Duró tres temporadas.

 

¿La versión estadounidense es un refrito de la inglesa? Aunque Dobbs es autor de ambas historias, hay pocas similitudes. Cierto, la trama básica trata sobre un whip llamado Francis Urquhart al que el titular del gobierno le había prometido algo que no cumplió y como venganza lo sustituye. También hay una reportera que acaba sabiendo más cosas de las que debiera. Incluso hay alguien que bajo coacción y chantaje le hace el trabajo sucio al protagonista. Pero ahí acaban los paralelismos.

 

La primera razón para leer la versión inglesa si a uno le encantó la estadounidense es cómo funcionan dos sistemas políticos completamente distintos y la forma en que un político ambicioso puede lograr su objetivo en ambos. Cierto, se necesita saber de política comparada para ello, pero es una forma de apreciar la obra. Y no sólo eso: entre 1989 y 2013 ha habido cambios en la tecnología y en la complejidad de una sociedad. Ambas versiones reflejan eso en su trama.

 

Segunda razón: apreciar el realismo político ayuda a entender la forma descarnada en que funciona la vida pública. En lo personal siempre he pensado que el cinismo es una de las mejores herramientas de análisis político. Si uno ver las cosas como son y no cómo deberían ser, se pueden entender mejora las causas del problema y encontrar formas más asertivas para enfrentarlo. Y las frases y aforismos que dicen los protagonistas en ambas versiones son también distintos.

 

Tercera: ambas versiones son muy “inglesas” y “gringas” (sin peyorativo) en sí mismas. El estilo vertiginoso y cínico de la primera versión es demasiado británico y la elaboración de la segunda es muy estadounidense. Sí, no es fácil explicar esto salvo conociendo ambas obras, pero es una recompensa adicional a quien desee conocerlas.

 

¿Hay algún spoiler que tenga la novela que sirva para saber qué va a suceder en la tercera temporada de la versión estadounidense? Lamentablemente no: la trama de la novela británica termina en algún momento de la segunda temporada que transmite Netflix. En febrero nos adentraremos a terreno desconocido.

1 Comment

  1. Me gustó tu opinión, la comparto y gracias por el análisis de ambas series

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