Fernando Dworak

Análisis Político

El anillo de la fatalidad

Posted on Abr 7, 2020 in articulos

El anillo de la fatalidad

Publicado en Indicador Político el 7 de abril de 2020

Es peligroso reaccionar ante el discurso de un político cuya habilidad principal es el uso y manejo de símbolos, sin tomar en cuenta sus trasfondos. Esa omisión podría llevar a que su mensaje triunfe en un entorno de mayor radicalización. Lamentablemente nuestra comentocracia prefiere celebrar la aparente superficialidad de las anécdotas y ocurrencias, en lugar de entender por qué funcionan los mensajes de López Obrador.

Tomemos el caso su declaración sobre cómo la crisis del COVID-19 le venía como anillo al dedo a su proyecto político. Sin duda es una declaración desafortunada, insensible, que revela falta de empatía y arrogancia, escasa visión política y demás calificativos. Es más, se pueden hacer largos textos que ganen el aplauso fácil a los autores que, bajo esta óptica, “destrozaron” al presidente.

Sin embargo, y a pesar de las lecturas, no se puede acusar al presidente de haber perdido la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. De hecho, su discurso siempre ha tenido altos componentes morales. Tan es así que sus seguidores creen ciegamente él a partir de esa dimensión. Incluso se pueden predecir los siguientes pasos que podría adoptar en caso de llegarse a una crisis seria, sea económica, política, sanitaria o una combinación.

Como se ha escrito en este espacio, la visión de su gobierno es teleológica: la historia de México es cíclica, donde hay grandes saltos en su devenir y progreso: la independencia, la reforma y la revolución. A esta interpretación, tomada del nacionalismo revolucionario priísta, le añadió su figura con la idea de la “cuarta transformación”. Es decir: él es la culminación de una saga de 200 años, y todo lo que ha sucedido ha llevado de manera inevitable a su triunfo en 2018.

Aunque todos los regímenes tejen sus mitos de legitimación, la idea de una historia lineal es recurso privilegiado para todo régimen autoritario. Si hay un futuro donde la victoria será de quienes son señalados como buenos o justos, entonces cualquier sacrificio que se haga valdrá la pena. Al saberse parte de algo superior, el militante se convierte en misionero cuya misión es evangelizar, avasallar o eliminar al disidente. Esta visión es independiente de ideologías o cualquier tipo de creencias. Pueden leer más de este tema en el libro Misa negra: la religión apocalíptica y la muere de la utopía de John Gray, publicado en Paidós y en Sexto Piso.

A esta visión teleológica se le debe añadir otro elemento: una interpretación milenarista, donde ese triunfo final de las fuerzas del bien se dará tras un periodo de tribulación y una batalla final entre opuestos irreconciliables. Aquí no vale la pena discutir si el presidente cree o no en la narración que usa, sino reconocer que buena parte de su público comparte esta visión apocalíptica, sean grupos religiosos o dogmáticos de izquierda.

Quien dude sobre la última afirmación, recuerden la visión histórica de Marx: estado de gracia inicial o paraíso terrenal (comunismo primitivo), expulsión (modos de producción) y segunda venida o redención (comunismo final). El libro de Gray que se recomienda ofrece numerosos ejemplos del comunismo del siglo pasado.

Juntemos estos elementos e imaginemos un escenario. Acorralado ante una crisis incontenible, el presidente le da un giro a su drama personal que se puede anticipar de la anécdota del anillo al dedo: la crisis y sus problemas llevarán a la culminación de su proyecto de gobierno. Bajo esta premisa los “conservadores”, quienes sólo saben conspirar, son el último obstáculo a vencer. Sus seguidores más fanáticos, convencidos de ello, aplauden su discurso moral y bajo esa premisa, aprueban cualquier medida que se tome.

Bajo este entendido, y sabiendo que el discurso del presidente es altamente predecible, lo peor que se puede hacer es pontificar sobre la insensibilidad que muestra, en vez de entender por qué es eficaz en sus estrategias de comunicación.

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