Fernando Dworak

Análisis Político

Cómo nombrar al contrario

Posted on May 19, 2020 in articulos

Cómo nombrar al contrario

Si queremos salir de ésta, debemos rescatar la claridad del lenguaje. La selección de las palabras puede tanto esclarecer significados y tender puentes de comunicación, como segregar al contrario a través de calificativos y emociones. Nuestra primera responsabilidad debería ser cuidar nuestras expresiones, especialmente nos dirigimos a quienes calificamos como oponentes políticos.

Lamentablemente nuestro primer impulso cuando algo no nos gusta, especialmente en política, es insultar y cosificar al otro. Todavía más, pretendemos hacerlo más ajeno al definirlo con un extremo lo más alejado posible a nuestras posturas: comunistas para señalar a quienes apoyan al gobierno por parte de quienes se le oponen, y fascista para atacar a quienes critican al gobierno por parte de quienes le apoyan. Recurrir a un término de cuyo significado no se tiene idea termina haciendo que represente todo lo que a uno le desagrada, incrementando todavía más su peso emotivo.

Cuando las emociones dominan, todos nos vemos como los titulares exclusivos de la verdad y la virtud pública. Por lo tanto, ambas posturas refieren a un pasado romantizado e irreal, el cual es indispensable restaurar. Naturalmente, eso implica una visión excluyente y a costa de la contraparte. Si un bando se ve a sí mismo como la encarnación del bien, entonces no aplica la autocrítica o el cuestionamiento: el discurso moral lo justifica todo.

Bajo las mismas premisas, el bando contrario es un extremista y la misma encarnación del mal sobre el planeta. Eso hace que el debate se polarice y el centro desaparezca ante las pasiones. Cuando el otro es malo o inmoral, no importa conocer sus opiniones, pues son de antemano reprobables. En consecuencia, la muerte del diálogo refuerza la radicalización tanto propia como del contrario.

Las emociones terminan caricaturizando al contrario, lo cual ayuda a que predominen los insultos y las falacias en lugar del debate, la argumentación y el intercambio de opiniones y posturas que apuesten a la moderación. Como resultado, se pierde la comprensión del otro y la posibilidad que tenga argumentos atendibles o revele las fallas de los propios.

Hace unos días leí en mis redes un comentario que ilustra lo anterior: “No nos confundamos: la 4T no pretende instaurar el socialismo. Pretende ampliarlo y profundizarlo. Si por socialismo entendemos redistribución del ingreso, hoy, y desde hace décadas, cualquier gobierno es, y ha sido, socialista. Gobernar = redistribuir, y basta analizar los presupuestos de egresos de los gobiernos para comprobarlo.” El tuit parte de una posición extrema, donde la política redistributiva es incompatible con cualquier concepción del liberalismo, lo cual es falaz, eliminando la discusión y la posible calibración.

¿Y si en vez de usar “fascismo” y “comunismo” usamos términos más adecuados como “liberalismo fallido” y “populismo contemporáneo”? En mi opinión, un cambio de términos para imaginarnos a nosotros y a los contrarios puede ayudar a la autocrítica y a la comprensión de las demandas válidas que pueden tener los otros, abonando a la construcción de un centro. No estoy diciendo que salgamos a la calle y nombremos así a propios y extraños: basta con que simplemente dejemos de calificarlos.

Se ha hablado en este espacio sobre el fracaso del discurso liberal de los últimos 30 años. Fue parcial en su aplicación, lo cual preservó las estructuras de relaciones y complicidades del capitalismo de cuates del PRI. Nunca se interesó por tejer una narración sobre nuestra sociedad, llevando al retorno de los mitos del nacionalismo revolucionario. Mucho menos hizo gran cosa por fortalecer la democracia en temas como rendición de cuentas, mientras se abría la economía. No puede haber un relanzamiento del discurso liberal si no hay antes un ejercicio serio de autocrítica.

¿Qué es el populismo? Sabiendo que la definición cambia según los contextos, me gusta una hecha por el politólogo Kurt Weyland: una estrategia política a través de la cual un líder personalista busca conquistar o ejerce el poder público basado sobre el apoyo directo y no distinguible de una gran cantidad de seguidores no organizados. De esa forma, dejamos a un lado los programas políticos, pues hay populistas de izquierda y derecha, concentrándonos en el discurso y las imágenes de poder. La apelación directa al “pueblo” hace que el discurso sea polarizante. Por otra parte, al líder siempre le estorbarán las reglas e instituciones de la democracia liberal cuando no puede controlarlas, y buscará eliminar los contrapesos.

¿Hay tácticas y elementos discursivos que comparte el populismo con otros sistemas? Desde luego, pero no significa que sean lo mismo. ¿Hay elementos “comunistas” en Morena? Como todo populismo contemporáneo, las bases de apoyo del líder no están plenamente institucionalizadas y hay grupos diversos. Pero es una caricatura decir que López Obrador es comunista, como es una falacia de hombre de paja reducir toda su actuación a una conspiración internacional.

La reconstrucción del lenguaje es un acto individual: nadie lo hará por nosotros. En la medida que depuremos la forma que hablamos, entenderemos las fallas propias y las posturas del contrario. De esa forma, apostaremos por tender puentes y debilitaremos a los extremistas. Además, luciremos mucho menos pedantes que quienes compiten por inventar nuevos y más sofisticados calificativos a los “enemigos”. Asumamos nuestra propia responsabilidad.

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