fernando dworak

Análisis Político

Bacanal de hadas

Posted by on Mar 20, 2018

Bacanal de hadas

Parte I: Fantasías musicales

Espero que no solo los melómanos tengamos fantasías sobre música, pues no sólo pueden llegar a ser tan lúdicas y excitantes como las otras, sino que además hasta se pueden contar sin tapujos. Hay algunas tan sencillas como imaginar una  canción interpretada con un arreglo distinto. Otras más sofisticadas implicarían la ejecución de una pieza con un conjunto determinado de músicos, imaginando hasta segmentos solistas. En todo caso habrá siempre un componente lúdico donde la imaginación puede volar libremente y sin ataduras.

Una de mis fantasías es imaginar a Tom Waits interpretando Personal Jesus de Depeche Mode. El músico tocaría en el piano la línea de guitarra en la versión original y lo imagino con una impostación algo gangosa corriente. En la grabación estaría Marc Ribot, su guitarrista de cabecera, tocando dobro con slide. Al fondo percusiones de latas, botes y algunos sampleos de sonidos aleatorios. Pienso que sería una pieza sobrante de las sesiones del discazo Mule Variations de 1999.

Otra fantasía sería escuchar en vivo el lado “B”, llamado Side Black, del segundo de Queen, llamado conspicuamente Queen II. Se trata de una serie de canciones de Freddie Mercury enlazadas en estilo rapsódico, en estilos que van del rock a la música inglesa de salón a las baladas. Las letras van de la fantasía victoriana, pasando por el cuento de hadas kitsch, algo de melancolía y una pequeña guarnición de nihilismo. Imagino la banda formada por un vocalista, un guitarrista rítmico, otro en la guitarra principal, un bajista, un baterista y alguien que cubra piano y clavicordio. Aunque dos de los músicos cantarían armonías, en el fondo habría un coro.

La segunda canción se llama The Fairy Feller’s Master Stroke y uno se imagina una decadente bacanal de hadas reunidas en torno a un duende leñador. Va este enlace para quienes aún no la han escuchado:

¿Fantasías musicales cumplidas? Escuchar a la actual alineación de King Crimson interpretando un repertorio que cubre toda historia. Además de haber visto en concierto a la mayoría de los músicos que admiro.

 

Parte II: La comuna de la sátira fantástica

Es fácil juzgar a los autores por sus géneros e incluso por las cubiertas de sus libros, aun cuando esconden ideas mucho más peligrosas que muchas obras de pasta dura. Tomemos a Michael Ende, autor de Momo y La historia interminable: sus obras aunque aparentemente simples, estaban cargadas de símbolos y  analogías que ayudaban a entender el mundo “adulto” desde la fantasía, abriendo además de permitir al lector inventarse nuevas historias que puedan contarse en otra ocasión. De hecho en un ensayo titulado Pensamientos de un indígena centroeuropeo, Ende se autodefine como habitante de un remoto enclave llamado de la literatura infantil fantástica, cuya finalidad es ayudar a redimensionar al hombre que vive en el enorme desierto de la razón.

Los grandes exploradores de este enclave llegarán más temprano que tarde a la comuna de la sátira fantástica, habitada por aborígenes como Terry Pratchett. A lo largo de su carrera escribió una serie de novelas conocida como Discworld. El planteamiento: ¿cómo funcionaría un mundo que en efecto fuera plano y estuviera sostenido por cuatro elefantes que navegan por el universo sobre una gran tortuga? Respuesta general: muy  parecido aunque ligeramente más absurdo.

Como parte del universo Discworld, Pratchett dedicó una serie a la joven aprendiz de bruja Tiffany Aching y a sus compañeros de aventura, los Nac Mac Feegle: una especie de pitufos celtas tatuados, pelirrojos, desaliñados, pendencieros y mal hablados. En la primera novela, llamada The Wee Free Men, Aching y los duendes entran al reino de las hadas a la búsqueda del hermano de la protagonista. El mundo es extraño y va adquiriendo detalle conforme se le observa, como si se crease al momento.

Tras recorrer algunas secuencias casi oníricas, el grupo llega a un lugar con sombras de un aburrido verde, amarillo y morado, sin sombras. El aire se encontraba tan caliente que Tiffany sentía que podría exprimirle humo y en realidad nada tenía las dimensiones adecuadas. Van unos párrafos en inglés:

They were daisies. She knew it. She’d stared at them dozens of times, in that strange picture in the Faerie Tales. They were daisies, and these weren’t giant reeds around her, they were blades of grass and she was very, very small.

She was in the weird picture. The picture was the dream, or the dream was the picture. Which way around didn’t matter, because she was right in the middle of it. If you fell off a cliff, it wouldn’t matter if the ground was rushing up or you were rushing down. You were in trouble either way.

Somewhere in the distance there was a loud crack! and a ragged cheer. Someone clapped and said in a sleepy sort of voice, “Well done. Good man. Ver’ well done.”

With some effort Tiffany pushed her way between the blades of grass.

On a flat rock a man was cracking nuts half as big as he was, with a two-handed hammer. He was being watched by a crowd of people. Tiffany used the word people because she couldn’t think of anything else that was suitable, but it was stretching the word a bit to make it fit all the . . . people.

They were different sizes, for one thing. Some of the men were taller than her, even if you allowed for the fact that everyone was shorter than the grass. But others were tiny. Some of them had faces that you wouldn’t look at twice. Others had faces that no one would want to look at even once.

This is a dream, after all, Tiffany told herself. It doesn’t have to make sense, or be nice. It’s a dream, not a daydream. People who say things like “May all your dreams come true” should try living in one for five minutes.

Una vez pasada la sensación de haber visto algo antes, fui a las notas al final del libro, donde Pratchett decía que el cuadro al que Tiffany había entrado se llamaba The Fairy Feller’s Master Stroke, por Richard Dadd y se encuentra en la Tate Gallery en Londres. Su longitud era de alrededor de 21 por 15 pulgadas. Le había tomado al autor nueve años nueve años de su vida pintarlo a la mitad del siglo XIX.

Lo que la gente “sabe” de Richard Dadd, prosigue, es que se volvió loco, mató a su padre, fue encerrado en un manicomio por el resto de su vida, y pintó un cuadro extraño. Finaliza diciendo que crudamente todo eso es cierto, pero es un mal resumen de la vida de un hábil y talentoso artista que desarrollo una enfermedad mental seria.

 

Parte III: La trampa en el museo

Antes de ser famoso, Terry Pratchett llegó a escribir una novela con otro escritor que todavía no gozaba del reconocimiento que hoy tiene: Neil Gaiman. El estilo fantástico del segundo tiene toques satíricos, cierto, pero cuenta con un elemento más subversivo: arquetipos mitológicos. Además puede escribir cuentos para niños de la talla de Coraline hasta obras complejas como American Gods.

Sin embargo hoy no hablaremos de su creación literaria. Hace poco publicó una compilación de ensayos, artículos y reseñas llamado The View from the Cheap Seats, que incluye un texto llamado “On Richard Dadd’s The Fairy-Feller’s Master-Stroke”. Se escribe en la Tate Gallery, de frente al cuadro que se encuentra perdido en la colección de pre-rafaelitas. De hecho limpió el vidrio que protege a la obra sin que nadie dijera algo.

Con tiempo de sobra Gaiman, lee la placa que acompaña al cuadro desde que fue donado en 1963: Presentado por Siegfried Sassoon en la memoria de su amigo y compañero oficial Julian Dadd, un sobrino-nieto del artista, y la de sus hermanos que dieron sus vidas en la Primera Guerra Mundial. Cuenta cómo la experiencia de la obra puede diluirse en reproducciones y recuerda una serie de fotografías que se tomaron en 1856 en el manicomio Bedlam. En una de ellas Dodds aparece pintando, ya envejecido, con mirada brillante y una sonrisa breve y feroz, como el enanito que se encuentra al centro de su célebre pintura.

El escritor prosigue hablando sobre la obra en sí: sabemos su título por un poema que escribió en 1865 llamado “Elimination of a Picture & Its Subject – Called the Feller’s Master Stroke”, pero no se detiene en citas diciendo que Dadd era un mejor pintor que poeta. Y en su delirio o gracias a éste, dice Gaiman, Dodds no sólo sabía lo que pintaba sino que además era honesto en sus visiones.

Y por más reducido que sea su lugar en la galería, el cuadro siempre siembra su semilla en la psique de almas dispuestas. Comenta como ejemplo la obra para radio Come Unto These Yellow Sands de Angela Carter, o la pequeña novela The Fairy-Feller’s Master Stroke, de Mark Chadbourn.

 

Parte IV: de cara con la obra

¿De verdad quieren verla? ¿No temen que lo que imaginan pueda ser mejor? ¿O que el cuadro les contagie las ganas de habitarlo y escribir sobre el mismo, digamos, en una canción, un collage o un poema? Si es así, ni hablar: sólo queda claro que fueron advertidos.

Para verlo, opriman abajo:

Ver Cuadro

2 Comments

  1. This is an essay, The concatenation of miracles through reading and listening, the living of the metaworld beyond the bidimentional daily mad preventing ordinary.
    Thank you FD

  2. Otro avistamiento:

    The rain was hammering in the buckled gutters of the street outside an uncharacteristically quiet Bedlam, where the fairy-painter Mr. Dadd had been until a year or so before, and where they’d been afraid Ern’s father John would have to go, although the old man died before it had been necessary.

    Alan Moore, Jerusalem (2016).

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